MEXICALI.- Lo que inició como un instrumento alternativo de denuncia para grupos vulnerables, especialmente para la comunidad afroamericana en los Estados Unidos durante la primera década de los años 2000, rápidamente se convirtió en una plataforma para exponer, en general, comportamientos inadecuados de quienes se encuentran en posiciones de poder.

Conocido como cultura de la cancelación, este fenómeno conceptual se caracteriza por emplear las redes sociales de internet y medios de comunicación no convencionales para exponer comportamientos discriminatorios que afectan a grupos vulnerables; por ejemplo, el maltrato en contra de las mujeres, de los niños e incluso de los animales, corrupción, extorsión y otras acciones ilícitas. 

“La cultura de la cancelación surgió como una válvula de escape y un instrumento alternativo de denuncia para los sectores discriminados. Gracias al acceso generalizado a Internet y a plataformas como YouTube, Instagram y Facebook, los grupos marginados adquirieron una plataforma para exponer los comportamientos inadecuados de aquellos en posiciones de poder. El movimiento #MeToo, por ejemplo, amplificó esta cultura al denunciar el abuso y la discriminación de las mujeres en la industria del entretenimiento”, explicó el Dr. Carlos González Palacios, director de Humanidades en Cetys.

Sin embargo, la cultura de la cancelación ha evolucionado hasta convertirse en un ejercicio que puede ser arbitrario y peligroso, donde una denuncia infundada puede generar un daño irreparable a la reputación de una persona, incluso si más tarde se demuestra su inocencia. En otras palabras, se ha convertido en un juicio público sin mediación, posibilidad de defensa ni presunción de inocencia para el acusado.

“El derecho a la defensa y a ser considerado inocente hasta que se demuestre lo contrario se ve socavado en este contexto. Las denuncias sin evidencia sólida se validan rápidamente en las redes sociales, especialmente si provienen de víctimas reconocidas históricamente, como mujeres o grupos étnicos discriminados. Esto plantea el problema de que no haya una mediación adecuada entre la denuncia y la condena, lo que puede llevar a consecuencias negativas para la integridad personal y profesional de la persona señalada”, alertó el especialista.

El ámbito histórico y cultural no está exento de esta tendencia que consiste en boicotear, desaprobar o excluir a personas, obras o ideas que se consideran problemáticas o que van en contra de las normas y valores actuales.

Si bien, la cultura de la cancelación ha adquirido notoriedad en los últimos años, la idea de condenar o rechazar ciertos aspectos de la historia y de la cultura no es algo nuevo; han habido momentos en los que se han censurado o prohibido obras literarias, artísticas o científicas debido a su contenido, considerado como ofensivo o inapropiado para la época.

En la era de la hiperconectividad, la cultura de la cancelación tiene una dimensión más amplia. Las plataformas digitales permiten que los usuarios expresen su descontento de manera inmediata y puedan presionar a empresas, instituciones y personas influyentes para que tomen acciones drásticas, como el despido de un empleado o la retirada de un producto u obra del mercado, generando debates acerca del equilibrio entre la responsabilidad y el castigo; incluso, considerando que esta cultura puede limitar el intercambio de ideas y la libertad de expresión, ya que las personas pueden tener miedo de expresar opiniones divergentes por temor a ser canceladas o a enfrentar consecuencias negativas.

La cultura de la cancelación arroja importantes planteamientos sobre quién decide qué es adecuado y bajo qué parámetros, lo cual podría llevar a la sociedad a una persecución de lo correcto en constante cambio.

Aunque son evidentes los beneficios de la denuncia pública, asociados a la justicia y a los avances en la lucha por la equidad, es necesario contrarrestar los efectos negativos de la cultura de la cancelación y evitar que éstos escalen. La mejor forma de lograrlo, de acuerdo con el Dr. Carlos González Palacios, es fomentar el pensamiento crítico. 

“Se trata de un enfoque que implica analizar los eventos y expresiones en general, desde una perspectiva informada y fundamentada en los derechos humanos y en los valores universales, entendiendo que borrar o censurar la historia es un error que nos privaría de entender el proceso histórico y cultural que nos ha llevado a donde estamos hoy”.

Esto requiere abordar el pasado con una mirada realista, reconocer las imperfecciones y aprender de ellas. 

“La cancelación indiscriminada no nos permitirá avanzar como sociedad. En lugar de buscar la perfección debemos reconocer nuestras incongruencias, manteniendo un acercamiento realista hacia los seres humanos y evitando idealizarlos. Todas las personas tienen sus claroscuros, y es enfrentándolos como podemos comprender nuestras propias contradicciones”, concluyó el académico.

 

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